San Juan Fisher

Dos son los primeros mártires ingleses que marcan el comienzo, por un lado, del cisma y herejía del Reino Unido, por otro, de la persecución contra los católicos: uno es San Juan Fisher, el otro Santo Tomás Moro. Sobre el segundo hay una magnífica película históricamente impecable, sobre el primero poco se dice, de ahí que hoy le hayamos elegido como ejemplo. Ambos, junto con muchos más, dieron la cara y la vida en circunstancias que poco a poco se van pareciendo mucho a las actuales en España y en casi toda Europa.

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Margarita Beaufort

San Juan Fisher, obispo, cardenal y mártir, nació en 1469, en Beverley. Su padre de Juan, modesto comerciante, murió cuando sus hijos eran todavía muy jóvenes. A los catorce años, Juan fue a estudiar en la Universidad de Cambridge. Se distinguió tanto en los estudios, que fue nombrado catedrático en el famoso colegio Michaelhouse. A los veintidós años obtuvo la dispensa de edad para ordenarse sacerdote y llegó a ser, sucesivamente, doctor en teología, director de Michaelhouse y vicecanciller de la Universidad. En 1502 renunció a su cátedra para ejercer el cargo de capellán de la madre del rey, Margarita Beaufort, condesa de Richmond y Derby. Según parece, Margarita Beaufort había conocido al P. Fisher siete años antes, cuando éste había ido a la corte que se hallaba en Greenwich para arreglar algunos asuntos de la Universidad, quedando Margarita Beaufort impresionada de su saber y de su santidad. La madre del rey era una mujer muy inteligente, erudita y rica, que había vivido en un mundo de intrigas con los tres esposos que tuvo. Al quedar viuda por tercera vez, decidió consagrar el resto de su vida a Dios, bajo la dirección del P. Fisher. Guiada por el santo, Margarita empleó sabiamente su fortuna. Entre otras cosas fundó en la Universidad de Cambridge los colegios de Cristo y de San Juan para sustituir a otros colegios antiguos que estaban en plena decadencia y estableció en la Universidad de Oxford una cátedra de teología. Cuando el santo llegó a Cambridge, los estudios estaban en decadencia; no se enseñaba el griego ni el hebreo, y la biblioteca de la Universidad no tenía más que trescientos volúmenes. Juan Fisher no sólo se ocupó de todos los asuntos administrativos relacionados con las fundaciones de Margarita Beaufort, sino que trabajó mucho por fomentar los estudios en la Universidad; fundó varias becas, introdujo nuevamente el griego y el hebreo en el programa y consiguió que Erasmo fuese a enseñar en Cambridge.

Enrique VIII
Enrique VII

En 1504, Juan Fisher fue elegido canciller de la Universidad y desempeñó ese oficio hasta su muerte. Poco después, en el mismo año, el rey Enrique VII (padre de Enrique VIII) le nombró obispo de Rochester, aunque sólo tenía treinta y cinco años. El santo aceptó, no sin cierta repugnancia, esa dignidad que venía a sumarse al trabajo que tenía ya en la Universidad. A pesar de ello, cumplió con sus deberes pastorales con un celo desacostumbrado en aquella época; visitaba su diócesis, administraba la confirmación, fomentaba la disciplina entre el clero, iba a ver a los enfermos pobres en sus chozas, distribuía limosnas generosamente y era extraordinariamente hospitalario. Aunque parezca increíble, encontraba todavía tiempo para escribir libros y continuar los estudios. A los cuarenta y ocho años, empezó a estudiar el griego y, a los cincuenta y dos, el hebreo. Todavía se conservan las oraciones fúnebres que pronunció en 1509, en ocasión de la muerte de Enrique VII y de Margarita de Beaufort. La oración fúnebre del rey constituye un tributo noble y sincero a la memoria del soberano y apenas tiene algo del tono adulatorio exagerado que acostumbraba emplearse en aquellas circunstancias. El santo obispo llevaba una vida muy austera; sólo dormía cuatro horas, se disciplinaba con frecuencia y, durante las comidas, tenía ante sí una calavera para acordarse de la muerte. En lo humano, su gran placer eran los libros, y formó una de las mejores bibliotecas de Europa, con la intención de legarla a la Universidad de Cambridge.

Era tan poco ambicioso que, cuando le ofrecían otras sedes más ricas que la suya, respondía que “no cambiaría a su pobre esposa por la más rica viuda de Inglaterra”. Cuando el luteranismo empezó a propagarse, sobre todo en Londres y sus universidades, el santo fue elegido para predicar contra aquella doctrina, en razón de su saber y elocuencia. Escribió cuatro gruesos volúmenes contra Lutero, donde se publicó la primera refutación de la nueva doctrina. Cuando un monje cartujo le felicitó por los servicios que había prestado a la Iglesia con sus escritos, Juan Fisher le respondió que lamentaba no haber consagrado ese tiempo a la oración, pues con ello hubiese servido aún mejor a la Iglesia. El embajador de Carlos V escribía que Juan Fisher era “el ejemplo de todos los obispos de la cristiandad, por su saber y santidad”, y el rey Enrique VIII decía, en su juventud, que ningún otro reino poseía un prelado tan distinguido como él. La gran intuición del santo obispo le hizo comprender perfectamente los vicios de su tiempo y los peligros que amenazaban a la Iglesia. También él era un reformador de los abusos y los vicios, pero no un deformador de la verdad. En un sínodo que convocó el cardenal Wolscy, en 1518, el santo protestó valientemente contra la mundanidad, la laxitud y la vanidad del alto clero, que generalmente obtenía las dignidades eclesiásticas por los servicios que prestaba al Estado.

Catalina de Aragón

En 1529, fue uno de los consejeros de la reina en el proceso de anulación del matrimonio, que se llevó a cabo en Blackfriars ante el cardenal Campeggio y actuó como el mejor de los defensores de Catalina de Aragón. En un elocuente discurso ante la corte, demostró la validez del matrimonio, argüyó que ningún poder humano o divino tenía derecho de disolverlo y terminó por recordar que san Juan Bautista había sufrido el martirio por defender el vínculo matrimonial. El rey respondió a los argumentos del obispo con un documento furibundo que se conserva todavía en el «Record Office», con las anotaciones marginales de Juan Fisher. Poco después, Roma reservó el asunto para su examen y con ello terminó la participación del santo. Pero, después de defender la santidad del matrimonio, Juan Fisher iba a convertirse en el paladín de los derechos de la Iglesia y de la supremacía del Papa. Como miembro de la Cámara de los Lores, clamó contra las medidas anticlericales que había aprobado la Cámara de los Comunes. “Esas medidas equivalen a gritar: ¡Muera la Iglesia!”, clamó el santo. También protestó violentamente cuando se obligó a la asamblea a reconocer que Enrique VIII era la cabeza de la Iglesia. Él fue quien consiguió que se introdujesen en el documento de aprobación las palabras “En cuanto lo permite la ley de Cristo”; y aun eso lo consideró como un mal menor. Juan Fisher no necesitaba de las súplicas de sus amigos y de las amenazas de sus enemigos para comprender el peligro en que se colocaba al oponerse al poder real. Ya había estado dos veces en la cárcel; sus enemigos habían intentado envenenarle y en otra ocasión la bala que se había disparado contra él desde la orilla opuesta del río penetró por la ventana de la biblioteca donde él se hallaba. Tomás Cromwell trató en vano de complicarle en el asunto de Isabel Barton, “la santa doncella de Kent”, una religiosa que pronunciaba ataques personales contra el rey por el tema del divorcio. Pero cuando las Cámaras aprobaron la cuestión de la sucesión, la suerte de Juan Fisher quedó sellada. En efecto, sus enemigos le convocaron a Lambeth para que firmara el documento sobre la sucesión, a pesar de que estaba tan enfermo, que perdió el conocimiento en el camino de Rochester a Londres. El santo no tenía nada que objetar a la cuestión de la sucesión estrictamente dicha, pero se negó a prestar el juramento en la forma en que se hallaba redactado, porque eso equivalía a afirmar la supremacía del rey. El mismo había escrito a Cromwell: “Yo no condeno la conciencia de los otros. Pero ellos se van a salvar con su conciencia y yo con la mía”. Estas palabras se referían al hecho de que los otros obispos habían prestado el juramento. Por negarse a prestarlo, Juan Fisher fue inmediatamente encarcelado en la Torre de Londres.

Torre de Londres

Cuando las cortes aprobaron oficialmente la acusación de traición que se había hecho al santo, éste fue depuesto de su sede. Juan Fisher tenía entonces sesenta y seis años, pero la mala salud, las austeridades que había practicado y lo que había tenido que sufrir, le daban el aspecto de un hombre de ochenta años. El cardenal Pole, que le había visto tres años antes consumido por la fatiga, se admiraba de que el santo hubiese podido resistir diez meses de prisión en la Torre de la Campana. En noviembre de 1535, el papa Paulo III le envió el capelo cardenalicio, lo cual enfureció al rey y apresuró el desenlace. Enrique VIII exclamó: “Que el Papa envíe el capelo, si quiere. Yo me encargaré de que Fisher lo lleve sobre los hombros, porque ya no tendrá cabeza”. Como la voluntad real era ley, nadie dudó de que el juicio del santo obispo terminaría en una condena a muerte. En efecto, aunque algunos de los jueces lloraron, la sentencia a la pena capital fue leída el 17 de junio de 1535.

Cinco días después, los guardias le despertaron a las cinco de la mañana para llevarle al sitio de la ejecución. El santo les rogó que le dejasen descansar un poco más y durmió tranquilamente dos horas. Después se vistió y se echó sobre los hombros una capa de piel “para no enfriarme antes de la ejecución”, según observó. En seguida tomó su pequeño ejemplar del Nuevo Testamento y descendió penosamente la escalera, a causa de la debilidad. A la puerta le esperaba una carreta que le condujo a la salida de la prisión. Ahí tuvo que aguardar unos momentos, reclinado contra la pared; abrió su Nuevo Testamento y pidió a Dios que le diese valor. Según se dice, las primeras palabras que leyó fueron las de Cristo antes de su pasión: “La vida eterna consiste en conocerte a Ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra y he cumplido la tarea que Tú me habías confiado”. Fortificado por estas palabras, el anciano pudo ir a pie hasta Tower Hill y subir solo al cadalso. Cuando se volvió para dirigir unas palabras a la multitud, su silueta alta y escuálida semejaba un esqueleto. Con voz muy clara, dijo que moría por la fe de la Santa Iglesia Católica, fundada por Cristo y pidió a la multitud que rogase por él para no flaquear ante la muerte. Cuando terminó de recitar el “Te Deum” y el salmo “In te Domine speravi”, los guardias le vendaron los ojos. La cabeza del santo rodó por tierra al primer golpe del hacha del verdugo. La venganza de Enrique VIII persiguió al siervo de Dios más allá de la muerte: su cuerpo, que quedó todo el día expuesto a la curiosidad de la chusma, fue arrojado sin ninguna consideración en un hoyo del atrio de la iglesia de All Hallows Barking; su cabeza estuvo clavada dos semanas en el puente de Londres, junto con las de los mártires cartujos. Según un cronista, “parecía que la cabeza estaba viva y miraba a los que se dirigían a Londres”. Quince días después, la cabeza del santo fue arrojada al río para dejar el sitio a la de Tomás Moro. En Mayo de 1935, casi exactamente cuatro siglos después de su muerte, Juan Fisher fue solemnemente canonizado, junto con su amigo Tomás Moro.

 

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